Temas

El Padre y Yo somos uno

Al comienzo de este tema me parece importante que nos enfoquemos en la postura que nos presenta el apóstol y evangelista San Juan en relación a la divinidad de Jesucristo. Aunque esto parece algo novedoso en realidad no lo es porque cuando miremos al pasado recordaremos que lo aprendimos en la catequesis de primera comunión. La Persona Divina de Cristo, como dice San Juan, es igual a la del Padre. Cuando asistíamos a las clases de catequesis, siendo aún muy pequeños, aprendimos la esencia del misterio de la Trinidad Divina. Me interesa que nos enfoquemos en esta realidad que les presento en particular porque de esa manera estaremos claros de la relación íntima de Jesús con el Padre. Refrescando la memoria, podemos recordar cuando en la catequesis se nos decía que en Dios hay tres divinas personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero un solo Dios verdadero.

Vamos a ir viendo algunos aspectos muy particulares en la Persona de Jesucristo, el Hijo de Dios. Usemos para ello lo que nos relata el apóstol San Juan en su evangelio. Parecería una expresión muy arrogante escuchar a Jesús decir que el Padre y él son uno; por eso fue que algunos querían apedrearlo. No se podían imaginar que frente a ellos estaba Dios mismo, persona Divina con naturaleza humana, el hombre Dios. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, nos dice el evangelio. Fijémonos en el relato que hace San Juan del Bautista. Dice que vino un hombre, de parte de Dios, llamado Juan. Claramente se enfoca en que vino para dar testimonio del que sería la Luz del mundo. Juan dice no ser él la luz sino el que viene detrás, en clara referencia a Jesús. Palabras con luz del evangelista cuando dice: “Pero a todos los que lo han recibido y que creen en su nombre, les ha dado poder para llegar a ser hijos de Dios” (Juan 1:12). Aquí podemos ir viendo la autoridad divina de Jesús porque sólo Dios puede atribuirse semejante autoridad. Recordemos las palabras del Bautista cuando bautizaba a Jesús en el río Jordán. “He visto el Espíritu bajar del cielo como paloma y quedarse sobre El… Por eso puedo decir que éste es el elegido de Dios” (Juan 1:32 y 34). Para Juan esa era una señal irrefutable porque no solo ve al Espíritu en forma de paloma sino que oye una voz del cielo que lo confirma, éste es mi Hijo, el amado a quien tienen que escuchar.

A mí personalmente me encanta el evangelio de San Juan y sus tres cartas que, además, considero es una joya en la vida espiritual de cada cristiano. Cuando leo estos escritos sagrados en particular pienso que Juan tenía una “ayudita” muy especial. Me imagino que Juan tenía el apoyo de la madre de Jesús que le había sido entregada, por el mismo Señor, para que cuidara de ella. Siendo María la escogida del Padre, la esposa del Espíritu y la Madre del Salvador era la mejor consejera para San Juan al escribir el evangelio y las cartas. Debo imaginar que le pediría ayuda y consultaría con ella cualquier duda que tuviera en tan importante misión. El sabía que ella era la llena de gracia y de Espíritu Santo, por lo que sería su mejor consejera.

Siguiendo como referencia las palabras del evangelista vamos entendiendo más y mejor lo que decía Jesús cuando hablaba de su Padre. Si repasamos el capítulo 14 de San Juan veremos muchas cosas sumamente interesantes. He aquí algunas de ellas. “No se inquieten. Crean en Dios y crean en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones… voy a prepararles un lugar… volveré para llevarlos conmigo… para que donde yo esté, estén también ustedes…” Y cuando Tomás le dice que no saben el camino El le responde con palabras de propiedad divina. “Yo soy el camino, la verdad y la vida: nadie va al Padre si no es por mí”. En este mismo relato evangélico Jesús dice con autoridad absoluta que el que lo ha visto a él ha visto a Padre; interesante por demás.

Cada vez que realizaba una curación; Jesús revelaba la compasión del Padre, cuando perdonó la mujer sorprendida en adulterio y cuando le ofreció agua viva a la samaritana estaba revelando la misericordia infinita del Padre. Cuando Jesús calmó la tempestad que aterrorizaba a los discípulos hizo patente el ilimitado poder de Dios. Una y otra vez vemos la revelación clara de Jesucristo con la autoridad de Dios; porque él es una de las tres Personas Divinas. Mis palabras finales y contundentes son estas: Teniendo verdades tan maravillosas como éstas a nuestro alcance, podemos sentirnos muy reconfortados, porque gracias a Jesús, no solo podemos conocer personalmente al Padre Celestial, sino pertenecerles a él, ahora y para siempre. Escuchemos la promesa de Jesús: “Lo que el Padre me ha dado es más grande que todo, y nadie se lo puede quitar” (Juan 10:29). Lo que el Padre entregó a su Hijo fue la humanidad entera golpeada por el pecado de Adán y que heredamos todos; pero Jesús la rescató por su pasión, muerte y resurrección, derramando su preciosa sangre en la cruz del calvario. Regresó a la casa de su Padre a preparar el lugar que nos prometió a cada uno de nosotros. Si ponemos de nuestra parte el lugar está asegurado. “Dios misericordioso, asegura nuestros pasos en el camino de la verdadera santidad, y has que busquemos siempre cuanto hay de verdadero, noble y justo”. Amén. Que el Señor te ilumine y te bendiga.

Dos Alternativas, Dos Caminos

Vivir para Dios o vivir para nosotros mismos es de lo que quiero reflexionar y compartir con mis hermanos en este tema. Es algo muy sencillo e interesante a la vez. Jesús ha dicho que hay dos caminos a seguir, el del bien o el del mal, más importante aún nos dice que estamos con él o contra él. Por otro lado, todos debemos saber que nuestra vida aquí en la tierra tiene uno de dos destinos, el cielo o el infierno, realidad que depende de nosotros en su totalidad si cooperamos con la gracia divina. La más lógica y sabia decisión sería que escogiésemos el camino de la vida, el camino de Dios y no el de nosotros que se presta a una grave equivocación. No vale la pena vivir con tanto sacrificio toda una vida entera para que a la postre todo esté perdido. Dios, en su infinita misericordia, nos ha alertado por su Palabra Encarnada y su Evangelio. La Escritura nos enseña cómo hemos de escoger el camino que seguiremos hacia la vida eterna y nos dice que para lograrlo tenemos que dejarnos guiar por el Espíritu Santo.

Un ejemplo, de la vida cotidiana, puede darnos luz al respecto. Cuando nos proponemos comprar algo, sobretodo si es de valor, nos fijamos bien antes de seleccionarlo e invertir nuestro dinero. Tomamos estas medidas para que después no tengamos que arrepentirnos. En la vida espiritual sucede lo mismo si no tenemos buen discernimiento en fijar nuestra mirada en el Señor, podemos tomar el camino equivocado. Muy fácilmente podemos vivir para nosotros mismos en vez de vivir para Dios y pasarnos toda la vida separados de él. Sería muy lamentable.

Vivir para Dios o vivir para nosotros mismos, separados de Dios, es cosa nuestra, decisión personal de cada uno. Todos sabemos que hay dos caminos pero solamente uno nos lleva a la vida eterna y Jesús se autoproclama ser ese Camino, y añade que es también Verdad y Vida (Juan 14:6). Por eso me reitero en que sabemos el camino y por lo tanto no podemos vivir para nosotros mismos. Les invito a fijarse en lo que dicen los evangelistas Mateo y Lucas, quienes hacen mención de algo muy importante en cuanto a la decisión que tenemos que tomar en el caminar de la vida (Mateo 5:1-16 y Lucas 6:27-36). No cabe duda que el camino de la vida del que habla el Señor es bien claro, pero algo difícil de seguir y cumplir. Recordemos el llamado que nos hace el Señor, tenemos que tomar la cruz de cada día y seguir a Jesús. El discípulo no puede ser más que el maestro. Son muchos los aspectos que tenemos que tener en cuenta para que las alternativas y el camino sean los correctos. Preocupémonos por cultivar nuestra vida espiritual.

Por otro lado tengamos en cuenta que no podemos desatender el compromiso humano, o sea, lo que nos compromete con nuestros hermanos. En este contexto Jesús nos recuerda a aquellos más necesitados de nuestro amor y caridad. Los pobres, los enfermos, los marginados, los que a los ojos del mundo valen muy poco o nada. El Señor no quiere que perdamos de vista esta realidad; para ello y por medio de su Palabra nos mantiene alerta con muchos y diferentes recordatorios. ¿Que tal si le damos un vistazo a algunos de ellos? “Cuando te halles en la abundancia acuérdate de los días de escasez, cuando seas rico, piensa en la pobreza y la miseria” (Eclesiástico 18:25). “Felices los que tienen espíritu de pobre porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:3). “Al contrario, cuando ofrezcas un banquete, invita a los pobres, a los inválidos, a los cojos, a los ciegos, y serás feliz porque ellos no tienen con qué pagarte” (Lucas 14:13-14).

Si queremos alcanzar la vida eterna hemos de escoger entre las dos alternativas. Aunque parezca que es de lo más fácil escoger el camino que lleva a la vida, en realidad no es así. Será algo difícil porque tendremos que enfrentar las consecuencias. Tenemos que cambiar nuestra manera de vivir, las del hombre viejo por las del hombre nuevo, como nos dice San Pablo: “Ustedes saben que tienen que dejar su manera anterior de vivir, el “hombre viejo” cuyos deseos falsos llevan a su propia destrucción”. Han de renovarse en lo más profundo de su mente, por la acción del Espíritu” (Efesios 4: 22-23). Nos veremos obligados a cambiar nuestras prioridades y decisiones diarias. No debemos desalentarnos porque gracias al bautismo, la confirmación y la fe ya estamos unidos a Jesús que resucitó para derrotar el pecado, la muerte y a su autor, Satanás. En Cristo seremos victoriosos hasta el final.

No tengamos la menor duda que, los que hemos sido bautizados en la muerte y resurrección de Jesús, seremos partícipes de su mismo poder que nos da fuerzas para seguir el camino de la vida. Cristo subió al cielo para prepararnos el lugar para que estemos con El al lado del Padre. “Después que yo haya ido a prepararles un lugar, volveré a buscarlos para que donde yo estoy, estén también ustedes” (Juan 14:3). Así como la muerte nos vino por un hombre, también la vida nos vino por medio de otro hombre. (1ra. Cor. 15:21-22). He repetido algunos textos de la Escritura en mis últimas reflexiones con la esperanza de que se nos grabe en la mente y en el corazón que somos porque El es, sin El no podemos hacer nada y con El lo podemos todo. Vivamos en el Señor Resucitado y Glorioso. Que el Señor te ilumine y te bendiga.

Una generación mala y perversa

Quisiera que en esta reflexión abramos el corazón y el entendimiento al Señor para que, con su luz divina, seamos capaces de entender la realidad que vive este mundo. Porque vivimos y somos parte de esta sociedad es que tenemos que abrir los ojos ante esta realidad. Meditemos lo que nos relata San Lucas en el capítulo 11 de su evangelio cuando nos dice que la gente de este tiempo es una gente perversa. (Lucas 11: 29) Esto nos pudiera parecer como algo demasiado duro de parte de Jesús para con sus contemporáneos. Definitivamente no lo era, pero Jesús se mantuvo firme y celoso de las cosas de su Padre Dios. Nos lo deja ver, durante su vida apostólica, en muchos de sus actos, comportamiento, ejemplos y enseñanzas. Podemos decir que esta idea de rectitud que nos presenta Jesús probablemente se nos ha cruzado por la mente en algún momento cuando estamos viendo noticias y escuchamos de algún suceso sangriento o masacre que ha sucedido en nuestro país que nos parece aterrador. En el libro del Deuteronomio se repite la queja de Dios contra el comportamiento del hombre. “Hijos degenerados, se portaron mal con él, generación mala y perversa, ¿Así le pagas al Señor, pueblo necio e insensato? ¿No es él tu padre y tu creador, el que te hizo y te constituyó?” (DT 32-6) Tal vez nos sentimos decepcionados cuando miramos a nuestro alrededor y vemos que nuestra generación ha rechazado a Dios. Todos los días vemos o escuchamos noticias sobre algún nuevo escándalo religioso o político, algún acto de odio o violencia, guerras o alguna inmoralidad. Son muchas las personas que al ver todo lo que está pasando, y no es para menos, dicen que es realmente desalentador.

Animo, hermano, siempre existe una razón para mantener la esperanza. Solo piensa en lo que le sucedió a la ciudad de Nínive. Los habitantes de esa ciudad se arrepintieron cuando escucharon la predicación del profeta Jonás. Esto es muy interesante porque antes de Jonás predicarle a los Ninivitas, lugar al que Dios lo había enviado, él no obedeció, se embarcó a otro lugar para no ir a Nínive. Mientras viajaba muy tranquilo Dios permitió una tempestad muy fuerte y la embarcación se hundía. Preocupado, el capitán, echo en suerte para ver quien era el culpable de aquello. Cayó la suerte sobre Jonás. Por tanto lo arrojaron al mar y se lo tragó un pez muy grande y allí permaneció por tres días. Luego fue arrojado a la orilla y percatándose de que había desobedecido a Dios decide ir a predicar a la ciudad de Nínive. Este relato completo lo puedes leer en el libro de Jonás que, es muy pequeño, consta de dos páginas. También puedes recordar lo que le sucedió a la reina de Saba, que siendo pagana quedó asombrada cuando presenció la sabiduría de Salomón y alabó al Dios de Israel. Mejor aún, piensa en la generación de Jesús, en la cual, al parecer, hubo gran maldad. Algunos miembros de esa generación fueron quienes rechazaron a Jesús y conspiraron para matarlo a pesar de todo el bien que él hacía. Sin embargo, existieron personas extraordinarias como Pablo, Juan, Marta y la propia Virgen María. Por medio de ellos y otros que siguieron a Jesús se difundió el Evangelio de bendición para los que creyeron y le seguían.

Ante el cuadro que estamos viviendo tenemos que permanecer firmes y caminar hacia adelante. No podemos perder las esperanzas porque, a pesar de todo, el Señor nos acompaña en este caminar por esta vida. Dejemos que él camine al frente y nosotros sigamos sus pasos en oración y alabanza. En el rezo de los laúdes del domingo quinto de Pascua se rezan unas preces muy bonitas; me llamó la atención la segunda oración que dice: “Señor Jesús, que anduviste los caminos de la pasión y de la cruz, concédenos que, unidos a ti en el dolor y la muerte, resucitemos también contigo”. Me pareció bien compartir con ustedes lo que sería ideal en estos momentos de pandemia para nosotros y para los cristianos de todo el mundo, oremos y pidamos al Señor su fortaleza, gracia y bendición.

No podemos negar que nosotros también vivimos en una generación mala y perversa como decía Jesús de los que vivían en la ciudad de Nínive. Esto es así pero en medio de todo el pecado, división, odio y violencia que nos rodea, siempre podemos encontrar fuerza para seguir adelante. Por muy malas o negativas que parezcan las cosas, siempre hay un rayo de esperanza; no por quienes seamos nosotros ni lo que hagamos, sino por el insuperable amor y misericordia de Dios. Solo tenemos que abrir los ojos y mirar las maravillas que nos rodean, sin lugar a dudas, ellas nos hablan de su Creador que es nuestro, también. Por eso tenemos que ver en cada persona que nos rodea la imagen de Dios. La creación entera nos habla de Dios, a nosotros nos toca descubrirlo y vivirlo. Vale la pena recordar las palabras de San Pablo a los Efesios cuando les recuerda que Cristo les bendijo desde el cielo con toda clase de bendiciones. Nos dice que en Cristo Dios nos eligió, somos sus predilectos. “En Cristo, Dios nos eligió, desde antes de la creación del mundo, para andar en el amor y estar en su presencia sin culpa ni mancha” (Efesios 1:4). Fuimos elegidos y escogidos por Dios para vivir en su amistad para siempre; aunque por culpa del pecado original perdimos su amistad, claro está la hemos recuperado en el Bautismo, gracias a la Preciosísima Sangre de Jesucristo derramada en la Cruz del calvario. Cuando nos fijamos en el milagro de la Cruz, debemos sentir paz y tranquilidad en medio de todo esto que está pasando.

La Escritura enseña que toda la humanidad quedó contaminada por el “virus” de la tendencia al mal, es decir, aquella “herencia” que Adán y Eva dejaron a todos sus descendientes; la inclinación innata a ser egoístas y desobedecer los mandamientos de Dios. De otra parte vemos como San Pablo afirma que hemos heredado el pecado original de Adán y Eva y por ende la condenación que lo acompaña; pero señala que los fieles también hemos heredado la justicia y la vida eterna que nos obtuvo Jesucristo gracias a su sacrificio redentor. Queda claro que él pagó por nuestra deuda contraída con el Padre Eterno a consecuencia del pecado original. Nosotros no podemos quedarnos cruzado de brazos sin hacer nada y continuar con nuestros pecados habituales. Tenemos que optar por un nuevo estilo de vida como, también nos dice San Pablo, el hombre nuevo. Ahora bien, la pregunta que te estas haciendo y que es la mía también, es la siguiente… ¿Como podemos rechazar la herencia de Adán y recibir solamente la gracia de Jesús? La clave es creer de corazón en Cristo, recibir los sacramentos, en especial la Reconciliación y la Eucaristía. Pedir al Espíritu Santo que venga a nosotros para que podamos vivir como criaturas nuevas y el Señor nos dará la capacidad de rechazar el pecado para no dejarnos dominar por el hombre viejo. San Pablo nos dice que seamos fuertes en el cumplimiento de nuestros deberes. “En el cumplimiento del deber: no sean flojos. En el Espíritu sean fervorosos, y sirvan al Señor. Tengan esperanza y estén alegres. En las pruebas: sean pacientes. Oren en todo momento” (Romanos 12: 11-12).

Por otro lado, cuando Jesús dice que los ricos no entrarán en el reino de los cielos, no habla de los que tienen mucha riquezas, sino de los que le entregan su corazón y viven apegados a ellas. Con mucha razón San Lucas nos dice: “La vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea” (Lucas 12,15), sino de las riquezas espirituales. Es tan sencillo como entender que a la vida eterna no se puede llevar nada de lo que posea cuando el Señor llame o venga la muerte. Solamente deberá llevar la mayor cantidad de riqueza espiritual que le sea posible. Recordemos: “sin santidad nadie verá al Señor”. Sólo se deben llevar las riquezas del bien que se halla hecho en favor de los hermanos, en especial a los más pobres y necesitados. Muy importante, haber cultivado la vida espiritual para la gloria de Dios, viviendo en gracia y amistad con él.

Tenemos que ganar la dura batalla que, a consecuencia del pecado libramos cada día. No podemos dejar que el mal nos domine, no pongamos nuestros miembros al servicio del pecado. Por el contrario, pongámonos al servicio de Dios y con su gracia lograremos la vida eterna. Nos dice la Escritura que había un hombre rico al que sus tierras le producían mucho. Se decía así mismo: ¿Qué haré? Porque ya no tengo dónde guardar mis cosechas. Decidió construir un granero más grande para guardar toda sus cosechas. Una vez lo había logrado se dice a sí mismo: “Alma mía, tienes muchas cosas almacenadas para muchos años; descansa, come y bebe, pásalo bien”. Pero Dios le dijo: “Necio esta misma noche te voy a pedir el alma. ¿Quién se quedará con lo que almacenase? El contenido se encuentra en Lucas capítulo 12 del 13 al 21. Mi intención al presentar este relato Bíblico es para que tomemos conciencia de la realidad de nuestras vidas que tantas veces actuamos de esa misma manera y sin preocuparnos de lo que más importa, la vida eterna.

Para lograr el cometido ante el cuadro que les he ido presentando sobre la “pandemia” del pecado y la contraparte, hay que seguir a Jesús. Sigamos los consejos de San Pablo. Uno que me gusta mucho se encuentra en la carta a los Efesios. “Vivan orando y suplicando. Oren en todo tiempo según les inspire el Espíritu; sepan velar para proseguir su oración, sin desanimarse nunca, e intercedan por todos los hermanos (Efesios 6:18). Los dejo con otro pensamiento del preso de Cristo, (San Pablo) “Sean humildes, amables, pacientes y sopórtense unos a otros con amor. Mantengan entre ustedes lazos de paz, y permanezcan unidos en el mismo espíritu. Por último comparto con ustedes una de las preces que recitamos en la Liturgia de las Horas de viernes de la sexta semana del Tiempo Pascua. “Haz que gustemos y valoremos los dones de tu Espíritu, para que nos apartemos de la muerte y alcancemos la vida y la felicidad eterna. Que tu Espíritu, Señor, venga en ayuda de nuestra debilidad, para que sepamos orar como conviene”. Maravillosa oración en la Liturgia de Pascua de Resurrección con un mensaje claro; muerte, por culpa del pecado; vida, la que ofrece Jesús para siempre. Que el Señor derrame muchas bendiciones sobre todos y cada uno de los que mediten al leer esta reflexión. Que el Señor te ilumine y te bendiga.

Mi tesoro no esta aquí

Cuando el Señor nos dice en su Palabra que nuestro tesoro no está aquí en la tierra; en esta vida pasajera, es para que no pongamos nuestro corazón en las cosas de acá abajo, las de la vida temporal, sino que fijemos toda nuestra atención en las del cielo que será nuestra ciudad permanente. Lo leemos en la carta a los Hebreos, pasaje bíblico que he citado en muchos de mis temas. “Pues nosotros no tenemos aquí nuestra patria definitiva, sino que vamos buscando la futura” (Hebreos 13:14). Por esa misma razón, la misma carta a los Hebreos nos aconseja vivir en santidad: “Procuren estar en paz con todos y progresen en la santidad, pues sin ella nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14).

San Pedro, en su Segunda Carta, añade un pensamiento muy interesante que nos debe hacer reflexionar mucho más aún sobre este particular: “Nosotros esperamos según la promesa de Dios, cielos nuevos y tierra nueva, un mundo en el que reinará la justicia. Por eso, queridos hermanos, durante esta espera, esfuércense para que Dios los halle sin mancha ni culpa, viviendo en paz” (2da. Pedro 3:13-14). Quizá usted, querido lector, ha pensado lo mismo que ha pasado por mi mente. “¿Es así cómo vive la gente en este mundo moderno o tal parece que a nadie le preocupa lo que pasará después de la muerte?” Le confieso que esto me tiene preocupado y por tal razón es que me empeño en poner un granito de arena usando todos los medios a mi alcance.

La Sagrada Escritura nos advierte del peligro que corremos por el apego al dinero y a los tesoros materiales. Dios sabía cuáles eran nuestras inclinaciones y debilidades. En su eterno presente no se le escapa nada, ni las cosas más ocultas ante nuestros ojos. Muy bien conocía cuáles serían las cosas que nos resultarían atractivas a los sentidos y, peor aún, conocía nuestra avaricia. En este tiempo que vivimos, el hombre ha endiosado el dinero, el materialismo y el poder. Por eso es que nos aconseja y nos orienta por medio de su Palabra, a que no pongamos nuestro corazón en las cosas de este mundo, para que no tengamos excusa cuando lleguemos a su presencia.

Sin embargo, no podemos pasar tanto tiempo en disipación, ocupados y sin horizonte, al extremo que se nos olvide cuál es y dónde está nuestro tesoro. No podemos desplazar a Dios del primer lugar, que es el que le corresponde, y dárselo a criatura alguna por más importante que ésta sea. A esto se refería Jesús cuando decía que era muy difícil a los ricos entrar en el reino de Dios. No olvidemos que el premio es para quienes dan a Dios el primer lugar que en justicia le pertenece. Puedes leer y corroborar esto en: Mateo 19:24-29. Si nuestro corazón se apega a las cosas de este mundo nos estamos arriesgando a perder las del cielo y eso, créame, es muy peligroso.

No falta quien diga que Dios es infinitamente bueno y no va a permitir eso y yo le respondo que sí lo es, pero también es infinitamente justo. Por eso es que San Lucas nos dice que tenemos que temer al que, además de quitarnos la vida, nos puede echar al infierno. “Yo les digo a ustedes, amigos míos: No teman a los que matan el cuerpo y en seguida no pueden hacer nada más. Yo les voy a mostrar a quién deben temer: tema al que, después de quitarle a uno la vida, tiene poder de echarlo al infierno; sí, yo les aseguro que a ése deben temer” (Lucas 12: 4-5). El Señor espera que le amemos de todo corazón, por eso nos invita a reflexionar más detenidamente sobre el apego desmedido que podamos tener a las cosas terrenales y al dinero. Él no quiere que nos llenemos de temor en la eventualidad de estar en riesgo de perder lo poco o mucho que tengamos, sino que pongamos toda atención en los tesoros espirituales que él nos ofrece, los que nadie puede robar ni echar a perder.

Dios ha prometido darnos todo lo que necesitamos pero no lo podremos lograr hasta que confiemos plenamente en él y no en el dinero, según Lucas 12. Existe un pasaje en la Escritura que me fascina y lo he citado en algunos de mis temas y creo no me cansaré de repetirlo. “No tenemos aquí ciudad permanente sino que vamos en busca de la futura” (Hebreos 13:14). Una cosa está bien clara en la vida de cada ser humano sobre la faz de la tierra y es que nunca encontrará la felicidad completa mientras viva en este mundo. Nadie puede decir que es enteramente feliz. A todos nos duele algo, el que no tiene una enfermedad o una condición física sufre otra cosa. La pregunta que a veces nos hacemos es: ¿Por qué tiene que ser así? La respuesta la encontramos en la Biblia empezando por el libro del Génesis. Dios creó al hombre para ser eternamente feliz pero el pecado tronchó esa felicidad. Tan sencillo como eso.

Por consiguiente tenemos un gran consejo en la misma Biblia, tenemos que esforzarnos. “Como hijos amadísimos de Dios, esfuércense por imitarlo. Sigan el camino del amor a ejemplo de Cristo que les amó a ustedes” (Efesios 5:1-2). Yo te aseguro, querido hermano y hermana, que si todos los hombres y mujeres del mundo tomaran en serio el “rol” de vivir como un buen cristiano, todo sería muy distinto. Todo cambiaría y este mundo no sería el infierno que es, sobre todo, en este tiempo que nos ha tocados vivir. Mi consejo para todos los hermanos que visitan nuestra página de Internet y los que leen estos artículos en la revista Alabaré es que oren sin desanimarse buscando las cosas que no se corroen y que los ladrones no las pueden robar; busquen las cosas de arriba. Recordemos que nuestro corazón estará donde esté nuestro tesoro y ese debe ser el Señor. Que el Señor te ilumine y te bendiga.

Aceptemos su invitación

Veamos con detenimiento y atención dos acontecimientos en los cuales Jesús nos habla sin proferir palabra alguna: estos son la Transfiguración y la Ascensión. Vemos que en ambos nos invita a estar con él en la casa paterna. Lo expresa sin palabras pero con toda claridad notamos su acción. En la primera se nos presenta en el cielo hablando con Moisés y Elías. En la segunda lo vemos subir al cielo hasta desaparecer de la vista de ellos. Dos figuras claras aunque sin palabras. Nos lo viene recordando desde mucho tiempo antes de estos dos sucesos importantes. Sólo tenemos que mirar en los evangelios y nos daremos cuenta de ello. También lo podemos encontrar en el Antiguo Testamento desde el primer encuentro de Dios con el hombre en la creación, donde ubica a sus criaturas predilectas en un lugar muy especial, el “Paraíso Terrenal”. Podemos inferir que Jesús nos quiere en el Paraíso Celestial cosa que establece con mucha claridad en los evangelios, en especial en el de San Juan: En la casa de mi Padre hay muchas mansiones…; Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia…; No quiero la muerte del pecador sino que se arrepienta y viva… Estos y muchos otros pasajes bíblicos nos reafirman que el Señor quiere que nosotros, cuando nos llegue el momento de nuestra partida, pasemos de la vida temporal a la eterna para vivir en el paraíso, en las mansiones celestiales. Como diría la canción que tantas veces hemos cantado en los círculos de oración: “caminando por las calles de oro con Jesús”. ¿No te parece que debemos aceptar su invitación? Ánimo hermano, dile sí a la invitación que te hace el Señor, creo que vale la pena.

Cuando el Ángel anunció a María que iba a ser la Madre del Salvador, ella le dio el sin pensar en las consecuencias que podría tener. Es el sí que disfrutamos todos por medio de la redención, que traería al mundo el Redentor que, de su seno virginal, habría de nacer. A nosotros nos toca darle nuestro sí, que viene a complementar el de nuestra madre del cielo. Como nos diría San Agustín: “aquel que te creó sin tu consentimiento, no puede salvarte si tú no quieres”. Dios no requiere de nuestra aceptación, ni cooperación para formarnos en el vientre materno, pero necesita de nuestro consentimiento para darnos el regalo de vida eterna; regalo que nos fue ganado a precio de dolor y sufrimiento por la pasión y muerte de su Hijo en el suplicio del calvario. Para bendición nuestra el Salvador del mundo, el Emmanuel, hace posible nuestra entrada al paraíso al pagar nuestra deuda. Debemos entonces hacernos la siguiente pegunta: ¿Sería que Jesús sabía lo que el Padre Eterno quería para nosotros? Claro que lo sabía y también nosotros lo sabemos, él nos lo prometió; de lo contrario, no hubiera dicho que iba a prepararnos un lugar en el cielo. No olvidemos que para el cristiano morir es pasar de la vida temporal a la vida eterna. En realidad no es el fin de todo, por consiguiente la muerte no nos puede vencer. Jesucristo dijo: “yo he vencido la muerte” y nosotros en Cristo seremos vencedores.

Un relato que podría resultar interesante con respecto a este tema: Se dice de dos personas que discutían si hay vida después de la muerte; uno estaba muy bien educado y el otro era un pobre campesino. El primero decía que era ateo y el otro un católico humilde. El intelectual afirmaba que todo termina con la muerte, por eso no creía en Dios y que no hacía falta hacer nada para llegar al cielo y salvarse. El humilde campesino insistía en la importancia de orar, ir a misa, hacer buenas obras y vivir como un buen cristiano. Ninguno convencía al otro. Pero se le ocurre al cristiano poner la ficha del cierre a la discusión. “Si no hay vida eterna yo perdí mi tiempo en esta vida, todo lo que hice fue en vano; pero si hay vida eterna lo he ganado todo porque viviré con Dios para siempre, seré eternamente feliz. Por otro lado, tú lo habrás perdido todo y nunca verás el rostro de Dios ni tendrás felicidad alguna; te acompañará el demonio y horribles tormentos por toda la eternidad. Tú escoges.” ¿No te parece algo interesante y que nos debe poner a pensar si vale la pena seguir a Jesucristo, quien vino a salvarnos y llevarnos a la casa del Padre? Él nos dijo que quien lo ha visto a él ha visto al Padre porque “el Padre y yo somos una misma cosa”. A Dios lo vemos en cada criatura salida de sus manos, el sol, la tierra, las estrellas y todo lo que existe sobre la tierra, porque todo nos habla de él.

La invitación que nos hace el Señor requiere desprendimiento de nuestra parte porque no es posible seguirlo si estamos apegados a las cosas que nos atraen en este mundo, que no son pocas. Nosotros sabemos que por buenos que sean los ofrecimientos de este mundo todos son pasajeros, se acaban en un cerrar y abrir de ojos. Los que “pintamos canas” nos hemos dado cuenta de que hace muy poco tiempo atrás estábamos trabajando, teníamos hijos pequeños y con mucha esperanza de hacer realidad unas cuantas ilusiones. De momento nos encontramos con la realidad de que ya no trabajamos, nuestro hijos están casados, tenemos nietos y estamos en el ocaso de nuestras vidas. Esto me recuerda las palabras de aquel gran misionero español en su predicación sobre las postrimerías, decía: “Vida breve, tiempo incierto, hoy vivo, mañana muerto”. Mi comentario en relación a la predicación del padre Junquera es que, ayer como hoy esto aplica perfectamente. Somos muchos los que necesitamos que resuenen en nuestros oídos frases como estas. Aplica muy bien a un pueblo que vive en el ruido y el bullicio, que no está presto a escuchar la voz de Dios. Peor aún, creo que mucha gente vive como si Dios no existiera. Algunas creencias modernas así lo enseñan y hasta en las universidades hay profesores que inculcan la inexistencia de Dios a sus estudiantes. Deberíamos prestar más atención y estar más pendiente a lo que nos indican los signos de los tiempos. La misma naturaleza que nos habla en todo momento; en cada detalle podemos ver la mano de Dios. Recordemos lo que nos quiere decir el Señor en el libro del Génesis cuando terminada la obra, descansa el séptimo día. El Señor hace todo con el poder de su Palabra pero deja al hombre encargado de la continuación de su obra, no para destruirla sino para continuarla.

Esto también nos debe recordar las palabras de San Pablo: “Ustedes saben que tienen que dejar su manera de vivir, “el hombre viejo” cuyos deseos falsos lleva a su propia destrucción. Han de renovarse en lo más profundo de su mente, por la acción del Espíritu, para revestirse del Hombre nuevo” (Efesios 4:22). Seguramente nos invita a cambiar nuestra forma de pensar, actuar y vivir; naturalmente debe ser conforme a su ejemplo y su divina palabra. Hagamos el propósito de cambiar de actitud con respecto a la invitación que nos hace el Señor. ¿No crees que debemos pensar, seriamente, en aceptar su invitación? Yo creo que sí, y estoy seguro que redundará en vida plena y abundante, en vida eterna al lado del Señor para siempre. Nos dice el salmista hablando de las maravillas de la creación, la luna, el cielo y las estrellas, que Dios no se debería fijar en el hombre hijo de Adán y lo pone de forma pintoresca cuando dice: “¿Quién es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que de él cuides?“pero dice después: Apenas inferior a un dios lo hiciste, coronándolo de gloria y grandeza; le entregaste las obras de tus manos, bajo sus pies has puesto cuanto existe” (Salmo 8) interesante por demás. Ahora vas entendiendo por qué insisto tanto en que aceptemos su invitación y le sigamos sin miedo a extraviarnos.

La pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿Porqué tengo o debo aceptar su invitación? Es muy sencillo, pero no te lo voy a decir yo, prefiero que te lo diga el mismo Señor. “Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Todos ustedes fueron bautizados y se revistieron de Cristo… Pues todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. Y si ustedes permanecen en Cristo, son por lo tanto la descendencia de Abraham; ustedes son los herederos en los que se cumplen las promesas de Dios” (Gálatas 3:26,27,29). Y, para que lo entendamos mejor, añade el Señor en la carta a los Efesios por la pluma de San Pablo: “En Cristo, Dios nos eligió desde antes de la creación del mundo para andar en el amor y estar en su presencia sin culpa ni mancha. Determinó desde la eternidad, que nosotros fuéramos sus hijos adoptivos por medio de Cristo Jesús. Eso es lo que quiso y le pareció bueno para que se alabe siempre y por encima de todo esa gracia suya que se manifiesta en el Bien Amado” (Efesios 1:4-6). Creo que San Juan lo dice de forma muy convincente en aquel famoso diálogo con Tomás. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí” (Juan 14:6). Podríamos decir que esto es más que suficiente, por lo que no haría falta ningún otro comentario al respecto; pero hay algo más que me interesa compartir. El llamado a que lo sigamos está muy claro dentro de las Sagradas Escrituras y no lo podemos pasar por alto. Es clara la insistencia de Jesús a que lo sigamos y aceptemos su invitación que no se puede obviar, es tan evidente y se repite una y otra vez.

No podía dar por terminado este tema sin dar un vistazo por los Salmos porque en ellos siempre podemos conseguir mensajes alentadores que fortalecen nuestra vida espiritual. Quise ver lo que encontraría comenzando con el primer Salmo de la Biblia que compara al hombre a un árbol lozano y frondoso. “Es como árbol plantado junto al río que da su fruto a tiempo y tiene su follaje siempre verde, pues todo lo que él hace le resulta” y dice en el último versículo: “Porque el camino del bueno Dios conoce, pero el sendero del impío se pierde“. El Salmo 5 nos alegra el corazón, dice el escritor sagrado. “Cuantos a ti se acogen que se alegren y su alegría dure para siempre; proteges a los que quieren tu nombre, para ellos tú eres su contento. Señor, tú das la bendición al justo y tu bondad le cubre como escudo“. El Salmo 119 “Tu palabra ha dado demasiadas pruebas, y tu siervo te ama“. Esta debiera ser nuestra actitud y convencimiento, creerle al Señor y amarlo por ello. Me gustaría concluir leyendo lo que nos dice el Salmo 121: “Te preserva el Señor de todo mal y protege tu vida. Él te cuida al salir, al regresar, ahora y por siempre“. Esto nos debe llevar no solo a aceptar su invitación sino a dedicarle toda nuestra vida a reconocer su señorío en nuestra existencia. ÉL es nuestro Creador, somos su pertenencia y merece todo nuestro amor y alabanza. Me parece prudente leer con detenimiento lo que nos dice San Pablo en la carta a los Hebreos y sería bueno que lo pongamos en práctica: “Por medio de Jesús ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza” (Hebreos 13:15).

En mi libro dedicado a la Renovación Carismática escribo bastante sobre la importancia de, en Cristo, ser alabanza del Padre. Tenemos que vivir en esa alabanza que Dios quiere de nosotros. Dios tiene que ser alabado y bendecido en nuestras vidas por todo y con todo lo que somos y hacemos. Como rezamos en las completas de la Liturgia de las horas todas las noches: “… y esta bondad de tu empeño de convertir nuestro sueño en una humilde alabanza” (parte del himno 1 completas). Ser alabanza de Dios incluye nuestro tiempo de descanso, nuestro sueño. Recordemos lo que nos dice San Pablo: “Si tenemos la vida del Espíritu, dejémonos conducir por el Espíritu” (Gálatas 5:25). No podemos dudar que el Espíritu Santo nos ha de guiar en esa dirección. No solamente nos hará personas de alabanza y oración, sino que también nos guiará en el cumplimiento de la voluntad divina como lo revela en su santa palabra. Cuando vayamos logrando paulatinamente todo esto, veremos la gloria de Dios. Para entender y empezar a vivir esa realidad, solo tenemos que leer las Sagradas Escrituras, especialmente los salmos u orar usando la Liturgia de las Horas. Fácilmente entramos en alabanza al Señor, porque de eso se trata orar y alabar al Señor. “Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios” (Salmo 102). ¿Usted no cree que cuando leemos palabras como estas en cualquiera de los salmos no vienen a nuestro corazón deseos de alabar y bendecir al Señor? Esto me lleva a pensar aquello que dice la Escritura: Ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Claramente nos lo dice San Pablo en la segunda carta a los Romanos “vivos o muertos somos del Señor“. Espero que les haya quedado clara la importancia de aceptar la invitación del Señor. Debemos cuidarnos de no ser llamados por el Señor hijos degenerados y pervertidos como, claramente, nos dice en el libro del Deuteronomio 1:12. “Aceptemos su invitación“. Que el Señor te ilumine y te bendiga.

El camino para llegar

En la vida humana es importante tomar el camino correcto para llegar a un destino determinado. No se puede tomar un camino sin estar seguro que es el correcto y que, con seguridad, nos llevará al sitio deseado sin peligro a perdernos. Una vereda, por ancha y cómoda que sea, nos puede atrasar el camino. Por esa sencilla razón es que tantas veces nos equivocamos al tomar decisiones sin estar seguros de que lo que estamos haciendo es lo mejor, lo más correcto. De igual manera lo podemos aplicar a la vida espiritual de cada uno de nosotros, los cristianos, en nuestro caminar hacia la casa paterna. Jesús nos prometió que podíamos alcanzarla si permanecíamos fieles hasta el final porque, para eso nos la ganó en la cruz del calvario. El secreto para alcanzarla consiste en que le sigamos fielmente, cumpliendo su santa voluntad, haciendo lo que tenemos que hacer. Cumpliendo con los deberes contraídos según el estado de vida que hemos adoptado y el llamado recibido del Señor. Siguiendo sus huellas no podemos equivocar la ruta porque nos llevará sin la necesidad de un GPS. Él es guía seguro, que no puede desviarse ni desviarnos y menos, equivocarse. Él nos asegura que es el camino correcto y directo a seguir si queremos llegar a la casa del Padre. Tenemos un buen punto de partida porque tenemos en quien confiar y a quien seguir, la luz que va al frente y nos alumbra el camino: Jesús resucitado, glorioso y triunfante. Debemos pedirle al Señor que nos enseñe a descubrir la bondad y hermosura de su creación; tal como rezamos en los Laudes de la segunda semana de cuaresma que dice: “Haz que sepamos descubrir la bondad y la hermosura de tu creación, para que su belleza se haga alabanza en nuestros labios“. “Ahora, hermanos, los invito por la misericordia de Dios que se entreguen ustedes mismos como sacrificio vivo y santo que agrada a Dios: es ese nuestro culto espiritual. No sigan la corriente del mundo en que vivimos, sino que transformémonos por la renovación de nuestra mente” (Romanos 12:1-2).

Ahora bien, podríamos tener un problema muy grande si no entendemos en su perspectiva correcta lo que esto significa. Pues no se trata de seguir a Jesús porque nos da consuelo espiritual, porque nos sana las enfermedades o nos da riquezas materiales. “Entonces dijo Jesús a sus discípulos: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga” (Mateo 16:24). Recordemos la pregunta de aquel joven rico del evangelio quien preguntó al Señor qué tenía que hacer para alcanzar la vida eterna. Aparentemente, el buen muchacho quería seguir a Jesús pero algo se lo impedía. Cuando Jesús lo enfrenta con su realidad de riquezas materiales, él se mira en su “espejo” y no puede seguir adelante. Tiene que renunciar a su buena intención de seguir al Maestro. Con razón Jesucristo decía que le sería muy difícil a un rico salvarse, entiéndase si se está apegado a las riquezas. Hemos escuchado una canción, muy bonita, que describe esta realidad. Si mal no recuerdo se titula “Exceso de equipaje” de Ricardo Cerrato que la cantaba en televisión Charytín Goyco cuando estaba en Puerto Rico. El mensaje es que para un largo viaje no se puede llevar demasiado equipaje. Suena lógico hasta para cualquier salida que tengamos que hacer, entre más cosas llevemos más difícil se nos hará.

Esto nos ayudará para saber escoger el camino y así llegar sin desviarnos ni perdernos, para ir seguros a la casa paterna. Recordemos el famoso capítulo 14 de San Juan Evangelista cuando Jesús nos dice: “Yo voy al Padre”. Lo primero que nos pide es que estemos tranquilos y serenos, que confiemos en Dios y que también confiemos en El. Lo más interesante de esto es la esperanza y seguridad que podemos tener porque en la casa de su Padre hay muchas mansiones. Después de que se haya ido a prepararnos un lugar volverá a buscarnos para llevarnos con él, porque quiere que estemos a su lado para siempre. Ante la duda que pudiera tener alguno de sus discípulos, como fue el caso de Tomás, él dice con palabras fuertes y tajantes: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Ese Jesús quien se autoproclama como Camino, Verdad y Vida es también el amor divino que desciende del Padre. Nos asegura que Dios es amor y el que no ama no viene de Dios. Tenemos que confiar en aquel que nos asegura tener palabra de vida eterna y a quien se le ha dado toda autoridad en el cielo y la tierra; el amigo que nunca falla, ese es Jesús. No sigamos la corriente del mundo porque ese camino no es el correcto, ni nos puede llevar a la casa paterna. Para llegar a nuestro destino final sólo hay un camino y se llama Jesucristo.

Me gustaría que nos detuviéramos por unos instantes y pongamos atención al diálogo entre Felipe y Jesús que nos narra San Juan en su evangelio. No estaría demás que también nosotros nos inquietemos como le pasó a Felipe y dialoguemos con el Señor. Recordemos cuando el apóstol Felipe le dice al Señor que le muestre al Padre. “Felipe le dijo: “Señor, muéstranos el Padre y eso nos basta”. Jesús respondió: “Hace tanto tiempo que estoy con ustedes ¿Y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Juan 14:8-9). Te invito a que leas todo este capítulo para que te motives a seguir el camino que nos lleva al Padre, guiados por Jesús. El es el amigo que nunca falla. Jesús en su infinito amor por los hombres decide quedarse en medio nuestro de diferentes formas, pero me llama la atención una en particular: la Sagrada Eucaristía. Si me fijo en la palabra como forma de su presencia, es cierto, él es la Palabra de Dios que existía desde el principio de la creación. En la víspera de su muerte, Jesús les decía a sus discípulos que se va a casa de su Padre. Les dice que allí hay muchos lugares donde ellos pueden vivir y, sorprendentemente, les dice que ellos saben como llegar. No podemos imaginar lo sorprendido que estaban ellos y cual fue su reacción. Por eso le dicen a Jesús que no sabían el camino y le piden que les enseñe por donde era para ellos tomar esa ruta. “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?” Lo que todavía no acaban de entender es que no necesitaban un mapa para llegar a ese destino; necesitaban a una persona; lo necesitaban a él. Su modo de vivir, las verdades que les enseñó durante tres largos años, y la vida que en él entregó en sacrificio por ellos. Lo mismo se puede decir de nosotros, no necesitamos de mapas, ni brújulas, ni de un GPS como en los tiempos modernos.

Claro que Jesús nos dio sus mandamientos para llevar una vida según su propio modelo, pero también los resumió en dos mandamientos principales: amar a Dios y amar al prójimo. Si nos dedicamos a practicar estas dos cosas, todo lo demás estará bien porque nadie que ame a Dios odia a su hermano. Santo Tomás de Aquino decía: “Es mejor ir cojeando por el camino verdadero que caminar confiadamente por otro. Uno puede cojear por el camino verdadero y aparentemente avanzar muy poco, pero aun así ir acercándose a la meta; en cambio, el constante recorrer por caminos erróneos sólo nos alejan de la meta.” Por eso es que nos insta a permanecer en Cristo y seguir avanzando por el camino que el Señor nos señaló. Es preciso pedirle al Espíritu Santo que nos revele la voluntad divina para entender qué significa seguir a Jesús y vivir solo para él, algo que es diametralmente contrario a las enseñanzas del mundo. Sin embargo, cuando invitamos a Cristo a ser el centro de nuestra vida, y lo hacemos con amor, aceptando la vida plena que él ganó para nosotros con su muerte y resurrección; entramos en el redil donde Jesús, el verdadero Pastor, nos conoce y nos llama a cada uno por nuestro nombre.

En nuestra existencia y de paso por esta vida terrenal, tratando de seguir el camino correcto para llegar, necesitamos de algo muy valioso e importante que nos ayudará a no perder la ruta. Se trata de la humildad, por ella reconocemos el vacío y la necesidad de Dios en nuestra vida. Admitimos ante Dios que no tenemos poder, derecho ni privilegio alguno. Dios es todopoderoso y todo lo sabe, nosotros sólo tenemos los dones que él nos ha querido dar según su voluntad. Por tanto, es nuestro deber someternos a él que es nuestro Creador y Redentor. Dios quiere que imitemos a su Hijo Jesús, Señor y Salvador nuestro. Para eso, debemos abandonarnos a la gracia de Dios porque nosotros mismos somos incapaces de ser humildes. Las cosas no suceden por arte de magia. Tenemos que poner de nuestra parte, profundizar en la fe, en la vida espiritual y formación eclesial. Nadie puede dar lo que no tiene, por consiguiente es importante llenarnos de su amor, conocer y profundizar en la formación cristiana y puntos fundamentales de la fe católica. Hace mucho tiempo hablaba, en uno de mis temas, que el error de muchos católicos era creer tener un doctorado en teología con solamente haber estudiado el catecismo de primera comunión. Es muy importante la catequesis de niño pero no es todo, es necesario continuar la formación tan necesaria para vivir una vida de fe auténtica y comprometida con la comunidad parroquial.

Es lamentable escuchar a personas decir que son católicos a su manera. No sé de dónde viene esa aseveración pues no existe tal cosa como un católico a su manera. Lo mismo podemos decir de un abogado a su manera, un médico a su manera, etc; hasta donde sé uno puede ser católico a la manera de Jesús y no hay otra. Lo que sí podemos hacer es orar al Señor con peticiones como estas que rezamos en la Liturgia de las Horas y que sí nos pueden ayudar a que le seamos agradables a él , a la manera de Dios y no a nuestra manera, que es deficiente. “Concédenos, Señor, un día lleno de paz, de alegría y de inocencia para que, llegados a la noche, con gozo y limpios de pecado, podamos alabarte nuevamente. Que baje hoy a nosotros tu bondad y haga prósperas las obras de nuestras manos. Muéstranos tu rostro propicio y danos tu paz para que durante todo el día sintamos cómo tu mano nos protege. Mira con bondad a cuantos se han encomendado a nuestras oraciones y enriquécelos con toda clase de bienes del cuerpo y del alma.” (Preces, lunes 1ra. semana, Liturgia de las Horas, pág. 870). Pidamos al Señor que nos conceda el favor de vivir en su amor y permanecer en su gracia hasta el día de su venida para llevarnos a la ciudad permanente que nos ha prometido. “Haz, Señor, que permanezcamos siempre en tu amor, y que este amor nos guarde fraternalmente unidos. Ayúdanos para que resistamos a las tentaciones, aguantemos en la tribulación y te demos gracias en la prosperidad” (Preces, Liturgia de las Horas, miércoles IV semana pág. 1386). Que le Señor te ilumine y te bendiga.

La lepra del pecado

Es muy fácil constatar bíblicamente, que el pecado es la lepra de los tiempos tanto en el pasado como en el presente. Por consiguiente, no es la excepción en el tiempo actual en que nos ha tocado vivir. Aunque, para ser sincero, no hace falta ver las Escrituras y recordar la lepra del pasado; basta con mirar los acontecimientos y las desviaciones modernas, lo veremos con toda claridad y sin lugar a dudas. En estos tiempos a ese mal infernal, llamado pecado, le cambiamos el nombre y decimos que depende de la óptica con que se mire. No son pocos los que a menudo ven las cosa graves como faltas sin importancia. Lo que es peor, algunas cosas buenas las vemos como malas y las que son malas las vemos como buenas. Hay quien diga que el pecado es todo lo que sea un acto moralmente malo, que no se puede clasificar en mortal, venial o imperfección. No olvidaré el día que escuchaba una predicación en algún lugar de Puerto Rico, la persona decía a la multitud que le gustaría saber quién se inventó eso de pecado venial y/o mortal, porque el pecado es pecado y nada más, punto. Si hubiese dicho eso pero con una pequeña explicación de lo que es la moralidad del pecado no hubiese sonado tan mal. El catecismo de la Iglesia Católica, en el artículo 8, 1846-1876, hace una distinción entre pecado venial y pecado mortal; explica de forma clara las diferencias entre uno y el otro.

A modo de referencia, pongamos algunos ejemplos de los más comunes que vemos y/o escuchamos con frecuencia: Si nos referimos a una mamá embarazada, llevando en su vientre a una criatura por nacer que solo tiene días o pocos meses, decimos que no es pecado abortarlo porque no es un niño sino un feto. Estamos dando por sentado que lo concebido en el seno materno solo era un pedazo de carne, huesos y ligamentos pero no una persona humana con vida, con cuerpo y alma inmortal. Otro horrible pecado que es muy común: Se pueden tener relaciones íntimas hombres con hombres y mujeres con mujeres porque eso es “amor”. También se le llama matrimonio a dos personas del mismo sexo porque si se aman tienen el mimo derecho que las parejas casadas por la Iglesia y que recibieron el sacramento del matrimonio. Yo te pregunto: ¿A quién vamos a creer, a Dios o a la parte de la sociedad moderna que mantiene un gran empeño en marginal a Dios y acallar las conciencias? Dios los creo hombre y mujer y les dio un mandato claro “creced y multiplicaos” y eso no es posible en parejas del mismo sexo.

Jesucristo acompañado de su madre María asistieron a una boda en Caná de Galilea y fueron de gran bendición para aquella pareja en tan importante acontecimiento. Nos dice el evangelio que mientras ellos compartían muy tranquilamente, la madre de Jesús, se da cuenta de que se les había acabado el vino. Se acerca a su Hijo y se lo dice con la esperanza de que hiciera algo por los novios. Jesús dijo a los sirvientes que trajeran las tinajas y las llenaran de agua, que al instante se convirtió en vino. Indudablemente que el papel de intercesión de la Santísima Virgen fue crucial y oportuno. ¿Sabía usted que este primer milagro de Jesús fue antes de iniciar su vida pública? Y lo hizo porque su madre se lo pidió. Mediante este milagro podemos ver como Jesus bendice el matrimonio entre hombre y mujer.

En estos tiempos, han surgido algunos grupos y géneros musicales que a nombre de la música moderna invitan a la juventud a practicar sexo y a consumir droga. Como si fuera poco, usan un vocabulario desagradable que me parece inapropiado. Debo aclarar que no todos los grupos son iguales pero aquellos que tomen esa postura debieran ser reprochados. No entiendo el porqué de esa postura que tanto mal le hace a la juventud que los siguen, quienes al final son los perjudicados. El mal ejemplo arrastra a nuestros muchachos y muchachas que a veces, sin tener en cuenta el riesgo que se toman, deciden participar y disfrutar de ese género musical moderno. Este incita a malas acciones, tales como: pasiones desordenadas, libertinaje, alcoholismo, etc. Debemos recordar lo que dice el Señor en su palabra: “No se engañen: nadie se burla de Dios. Se cosecha de lo que se siembra. El que siembra en su carne, cosechará de la carne corrupción y muerte. El que siembra en el Espíritu cosechará del Espíritu la vida eterna (Gálatas 6:7-8).

Algunos comentan que Dios nos ha castigado porque nos mandó dos huracanes que destrozaron nuestra isla del encanto, los terremotos y ahora con la pandemia del coronavirus. Tengo que comentar sobre esto que Dios no nos ha castigado por lo sucedido pero sí lo ha permitido y no es para menos porque bastante mal nos hemos portado con Él. Le damos la espalda a un Dios que nos creó por amor y nos redimió con amor infinito en la persona de su amadísimo Hijo. Lo que pasa es que no queremos sufrir las consecuencias de nuestros actos, que tan merecidas tenemos. Viene a mi mente aquel comentario que escuché cuando el desastre de las torres gemelas. No sé si fue un chiste de mal gusto o una experiencia vivida por alguien, pero aquí lo puedo acomodar para bendición de mis hermanos en Cristo. “Se dice que alguien exclamó: ¿Dónde estaba Dios cuando los aviones se estrellaron sobre las torres gemelas? Dios contesta: “Yo estaba allí, pero como en ese lugar no me querían los dejé que resolvieran ellos”. Lo escribo según mi mejor recuerdo y aplicándolo a este tema en particular. Jesús nos prometió que estaría con nosotros hasta que termine este mundo. Ahora bien, queda de nuestra parte el aceptarlo o rechazarlo.

Podemos estar seguros que si nosotros no queremos a Dios en nuestro entorno Él nos deja hacer lo que queramos, no ha de oponerse a nuestro libre albedrío, porque Él nos hizo libres. Se supone que todo lo que hagamos sea según su voluntad como decimos en la oración que Jesús nos enseñó. “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Por no buscar del Señor es que algunos cometen atrocidades como el quitarle la vida a una persona, a un ser humano, creado a imagen de Dios y otras tantas atrocidades que conocemos. Esto pasa porque el hombre le ha dado la espalda a Dios, no se alimenta con su Palabra y Eucaristía, no camina en su presencia. Sigue la corriente del mundo y cada día se aleja más de su Creador. Yo recomiendo que siempre contemos con el Señor en todo lo que hacemos, sea pequeño o grande, poquito o mucho, por insignificante que todo sea, para su honra y su gloria… “Señor, en tu nombre, si es tu voluntad.” Hermanos, seamos en Cristo alabanza del Padre y para su gloria”. Si cambiamos nuestra actitud veremos la diferencia por la gracia del Señor. Nos dice San Pablo: “Ustedes saben que tienen que dejar su manera anterior de vivir, el “hombre viejo” cuyos deseos falsos llevan a su propia destrucción. Han de renovarse en lo más profundo de su mente, por la acción del Espíritu” (Efesios 4:22-24).

Sigamos de cerca la postura del evangelista San Lucas con respecto a la lepra del pecado. Los diez leprosos que nos presenta el Evangelio sin duda habían escuchado hablar de Jesús y se le acercaron para que los curara. Jesucristo, no se hace esperar y cura a los diez, pero el Evangelio nos dice que los mandó a presentarse al sacerdote y que mientras iban uno se percató de que estaba curado y regresó a dar gracias al Señor. (Lucas 19: 11-19) En un acto de inmensa generosidad Jesús también le da la salvación. Por lo general, los fieles no nos damos cuenta de lo que Dios hace por nosotros a diario, y menos aún le damos gracias como es debido. Sería bueno recordar que fuimos creados para tener comunión y vida junto a Dios, pero muchas veces preferimos hacer nuestra propia voluntad. No seguimos sus mandamientos, nos parece que nuestras propias ideas y nuestros placeres son mejores. No nos importa vivir separados de Dios por los pecados que cometemos. Esto sucede porque, en realidad, no hemos tenido un encuentro personal con el Señor ni hemos experimentado un encuentro transformador que cambie nuestro estilo de vida, que provea la redirección al caminar hacia el Salvador. Recodemos que, ineludiblemente, un día tendremos que darle cuenta de todos nuestros actos a nuestro Creador.

Hay momentos en que el Señor nos habla con palabras muy fuertes pero lo hace para nuestro bien. Tengamos en cuenta que la senda del discipulado no es fácil ni placentera. Cristo fue perseguido y crucificado por ser testigo de la verdad y él mismo nos anunció que otro tanto sucedería con sus discípulos. Por eso nos dice que si queremos seguirle nos preparemos para la prueba. En cuanto a lo que estamos viviendo en estos días solo debo decir que estemos atentos a los signos de los tiempos. Miremos hacia arriba porque Dios nos está hablando en cada detalle de lo que podemos ver y que pasa a nuestro alrededor. Los acontecimientos son muchos y variados pero algo nos quiere decir el Señor en su Palabra, que busquemos las cosas de arriba. El pecado no es opción en nuestras vidas, solo sirve para llevarnos al infierno; lo que nos pide el Señor en estos momentos de pandemia es vivir en oración esperando con conciencia limpia y presto a seguir lo que nos pide nuestro buen Dios. “Tengan esperanza y estén alegres, En las pruebas; sean pacientes. Oren en todo tiempo (Romanos 12 .12). Me gustaría terminar este tema con unas palabras muy bonitas y reconfortantes que leía el viernes santo pasado en la Palabra entre nosotros: “Gracias, Jesús, Señor y Dios nuestro, por tu muerte redentora, por tu resurrección gloriosa y por el don inestimable de la Sagrada Eucaristía.” Que el Señor te ilumine y te conceda la vida eterna.

Jesús vino a traer fuego

Cuando leemos el título de este tema podríamos pensar que algo no concuerda, que puede haber algún error. Si lo miramos a la ligera, tal vez sí, pero si nos detenemos un poco veremos que no es cierto. No hay tal conflicto entre traer paz y traer fuego, solo son dos maneras de la manifestación divina con su peculiaridad propia. Estamos acostumbrados a escuchar que Jesús es paz, que vino a traernos esa paz que tanto anhelamos y necesitamos. Cuando recodamos el nacimiento de Jesús, lo primero que se nos viene a la mente es el famoso cántico angelical, “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad porque nos ha nacido el Salvador, el Redentor del mundo”. La promesa de paz es una realidad en el mensaje de salvación a través de la Escritura y la encontramos en muchos de sus libros sagrados. Esto es así para que entendamos que Dios es paz y quiere que vivamos en su paz y que la llevemos, no solamente en nuestro interior sino que la proyectemos a los demás. Jesús va más allá y nos dice “La paz les dejo, mi paz les doy, no como la da el mundo”. No solamente nos deja la paz, sino que se queda con nosotros aquel que es la Paz misma del Dios increado. Esta es la realidad que más latente está en nuestra mente y corazón, y no es para menos. Jesús vino a traer paz al mundo, no hay margen para pensar otra cosa. Por esta misma razón es que tenemos urgencia de paz en el corto o largo caminar por la vida y en medio de tantas guerras, dolores y sufrimientos. Sin lugar a dudas, necesitamos la paz que Cristo nos ofrece.

Por otro lado, nos encontramos con una aseveración que parece contradecir la promesa de paz para el mundo: “He venido a traer fuego a la tierra” (Lucas 12:49-53). Jesús dice que no vino a traer paz a la tierra, sino un bautismo de purificación. La mayoría de las personas prefieren escuchar un evangelio de gozo, paz y perdón, sin mencionar el sufrimiento ni la negación de uno mismo. Como dirían en mi barrio: “así cualquiera”. No olvidemos que el pecado requiere purificación, pues “nada manchado entrará en el reino de los cielos”. Sin el perdón y remisión del pecado es imposible que haya vida nueva; la vida antigua debe morir para que surja la nueva, como sucede con el grano que sembramos en la tierra. San Pablo lo decía de forma categórica: “morir al hombre viejo”. Cuando escribo sobre esto vienen a mi mente las muchas experiencias vividas durante los retiros y actividades de los primeros años de compartir y trabajar en los grupos de oración de la Renovación Carismática en mi Diócesis. A todos les encantaba el gozo, el avivamiento extraordinario de nuestro ministerio de música y toda aquella expresión de amor y calor divino. Eran unos banquetes que contagiaban a toda la comunidad. Esto era motivo para que nuestra asamblea se llenara con hermanos de todas las comunidades parroquiales de la Diócesis, de otros lugares y pueblos adyacentes. Allí aprovechábamos para evangelizar, instruir, guiar y educar a un pueblo hambriento del Señor, para que no se quedaran chupando la miel del dulcecito, sino que empezaran a comer comida sólida. El Señor derramó muchas bendiciones en su pueblo, para su gloria.

Ahora bien, veamos el porqué de mi enfoque en este tema que, como digo al principio, pareciera tener contradicción. Dios envió la luz al mundo, pero “los hombres prefirieron las tinieblas a la luz” (Juan 3:19). Si nos fijamos en el capítulo 3 del evangelio de San Juan entenderemos mejor lo que dice el Señor. Jesús es la luz del mundo y vino a traernos la verdad de Dios, naturalmente, eso es una realidad indiscutible. El mismo Jesucristo dijo con toda claridad que teníamos que cargar con la cruz de cada día, otra verdad innegable. Por eso, los que se entregan a Jesús son transformados; cuando se examinan a sí mismos y se someten al poder de la cruz y a la obra purificadora de la sangre de Cristo, su pecado muere y ellos crecen en alegría, bondad y paz. No se tiene mucha paz interior porque uno posea muchos bienes, tenga muy buena salud o una linda familia, en pocas palabras, que lo tenga todo en este mundo; definitivamente no. Uno puede ser pobre, tener poca salud y, aunque usted no lo crea, vivir en aridez y sequedad espiritual por mucho tiempo y tener mucha paz interior. Poseer la paz que promete Jesús, la que el nos da y que nadie nos puede quitar, tiene un precio incalculable. No tenga usted la menor duda que llevar a Cristo en el corazón y poseer su paz supera todo lo que pueda ofrecer el mundo.

El fuego que vino a traer Jesús es el fuego del Espíritu Santo, que devora todo pecado, que transforma el corazón de piedra y lo convierte en un corazón de carne, como está escrito en la profecía del profeta Ezequiel. Si nuestro corazón es transformado por el fuego del Espíritu, podremos amar y perdonar como lo enseñó y dio ejemplo Jesús, el Maestro de los apostóles. El sabe amar con el amor de Dios del que nos habla San Juan, “El que no ama, no ha conocido a Dios: pues Dios es amor” (1ra. de Juan 4:8). El ejemplo más claro lo tenemos en el acontecimiento de Pentecostés que nos presenta la acción poderosa de Dios que, una vez descendió el Espíritu Santo sobre los discípulos, se acabó el miedo que ellos tenían a presentarse y proclamar el evangelio de Jesús. Después de esa solemne transformación por el poder del Espíritu Santo se atrevieron a ofrendar sus vidas por Jesús y el evangelio. Vea los primeros capítulos de Hechos de los Apóstoles y lo podrá constatar. Por otro lado, tengamos en cuenta la realidad que vivimos en el quehacer de cada día y lo que pasa en nuestras familias y/o comunidades cristianas. No todos siguen al Señor, o profesan nuestra fe cristiana, y quién sabe cuantos problemas tenemos que sufrir a causa de nuestra fidelidad al Señor. Tendremos que vivir divisiones en la familia pues no todos serán fieles a nuestra fe cristiana. Pero, a pesar de todo, tenemos que vivir nuestro compromiso bautismal, ser sus testigos aunque nos cueste mucho dolor y sufrimiento. “Acuérdatede Jesucristo resucitado de entre los muertos. El es nuestra salvación, nuestra gloria para siempre. Si con él morimos, viviremos con él. Si con él sufrimos, reinaremos con él. En él nuestras penas, en él nuestro gozo. En él la esperanza, en él nuestroamor. En él toda gracia, en él nuestra paz. En él nuestra gloria, en él la salvación” (Vísperas oficio dominical).

Creo que esto pone de manifiesto el hecho de que Jesús vino a traer fuego a la tierra, pues él que es paz y amor, es también fuego devorador. No podemos ser cobardes; tener miedo a lo mucho que tengamos que padecer, sufrir y morir a nosotros mismos porque si lo hacemos con el Señor, él será nuestro consuelo y nuestro cirineo. Él, que padeció tanto hasta sufrir una infame y cruel muerte en la cruz merece que nos inmolemos por su amor y por el bien de nuestros hermanos. Como he dicho tantas veces en otros temas, tenemos que desgastarnos por la gloria de Dios, como lo asegura San Pablo. Entiendo que esto no es fácil pero es posible asistidos con la gracia divina. Pero, si preferimos una vida cómoda, relajada y a sus espaldas definitivamente nos pedirá cuenta el día en que nos llame a la casa de su Padre. No pretendo meter miedo a nadie pero las cosas como son. Sería bueno que pensemos en lo que nos dice San Pablo, nada ni nadie podrá separarnos del amor de Cristo. Por consiguiente, debemos cambiar o modificar nuestra conducta y proceder con actitud positiva en el requerimiento del Señor. Vivamos según su voluntad, su gracia nos basta. Como decía nuestro Beato Carlos Manuel, vivamos para esta noche, la noche de pascua con el Señor para siempre; vivamos para ese día de la pascua definitiva con el Señor. Si nos fijamos en la Historia de la Iglesia nos encontramos con tantos hermanos nuestros que no temieron a la muerte por el Señor y el más recientemente canonizado fue Mons. Oscar Romero. Recomiendo que vean la película, donde se aprecia esta realidad pues recibe el disparo mortal celebrando la Santa Misa. Definitivamente no hay tal contradicción.

Si mantenemos una buena comunión, entiéndase, relación personal con el Señor, podemos estar seguros que él nos enseña y se nos revela más claramente. Entonces es cuando deseamos aceptar todo el mensaje del evangelio. Aquí toma suma importancia el crecimiento espiritual que tanto hemos insistido en los grupos de oración de la Renovación Carismática, en especial con servidores responsables y/o dirigentes. Eso nos lleva a pensar que, el que vino a traer paz al mundo, también vino a traer purificación y liberación con el fuego de su Santo Espíritu. El Señor se ha interesado en dejar bien claro su postura y la que nosotros tenemos que seguir con él. Sus seguidores debían entender muy bien lo que significa seguirlo. El discipulado cristiano es costoso, abnegado, sacrificado; es inmolación con Cristo para gloria del Padre. Es seguir su invitación a cargar con la cruz camino al calvario. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo (Lucas 14:27). Esto está bien claro y no es opcional ni a mi manera, es a la manera del Señor; como él lo ha dicho en tantas ocasiones y lo ha ratificado con su ejemplo. No pretendamos lograr un verdadero crecimiento espiritual sin una apertura a la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas y del señorío de Jesús en nuestros corazones. Ánimo hermano, déjate abrazar por Jesús, como hizo San Francisco de Asís, y las bendiciones del Señor no se dejaran esperar. El Señor nunca se deja ganar en generosidad, su generosidad siempre será mayor que la nuestra. Debemos recordar que somos parte de una Iglesia orante que nos enseña y recuerda tantas cosas que nos ayudarán a fortalecer nuestra vida espiritual y que son reconfortantes.

No cabe duda que todos los católicos oramos con la Iglesia cuando estamos en la Santa Misa, que es la oración comunitaria por excelencia. Por la importancia y el valor infinito que tiene el sacrificio incruento (sin derramamiento de sangre) de la Santa Misa, merece de nuestra parte, una muy especial atención. Mi recomendación es que, a ser posible, orásemos también con la Liturgia de las Horas como nos decía y recomendaba el Santo Papa Juan Pablo II en el 5to Congreso Internacional en Roma. El rezo de las horas no es exclusivamente para los sacerdotes y las religiosas, es para toda la Iglesia, para todo el pueblo de Dios. He tenido una grata experiencia y bendición del Señor por medio del rezo con la liturgia de las horas. Las ideas de muchos de mis temas han venido a través del rezo de la Liturgia de las horas, de la lectura de algún texto bíblico o de la meditación de la Palabra entre nosotros. Esto, a su vez, no es tan solo parte de mi oración cotidiana sino que siento la necesidad de llevar el mensaje a otros hermanos para que también puedan ser bendecidos por Dios. Puedo asegurarles que es una experiencia maravillosa, aunque reconozco que no es fácil, pues hay que dedicarle algún tiempo. No podemos tomarlo a la ligera y querer terminar en unos quince minutos. Vienen a mi mente las palabras que acostumbraba decir la Sierva de Dios Madre Dominga Guzmán, OP, fundadora de la Hermanas Dominicas de Fátima: “Para Dios, siempre lo primero y lo mejor”, también decía: “los santos no nacen, los santos se hacen”. Si tomamos en serio la oración con nuestro rezo de las horas, veremos las maravillas del Señor con el pasar del tiempo. No tengo palabras para explicar lo que quiero decir, es una experiencia de vida. En el libro que escribí sobre la Renovación Carismática Católica, pueden leer en su totalidad el mensaje del Santo Padre San Juan Pablo II con respecto a lo que digo de la oración de la Iglesia y muchas otras cosas que nos dijo en su alocución aquella noche bendita, para la gloria del Señor y bendición de la Renovación de todo el mundo.

Recordemos, y tengamos bien presente, que ese mismo Señor que vino a traer paz, gozo, alegría espiritual que nos inunda el alma y nos lleva a vivir como cristianos comprometidos, también vino a traer el fuego de su Espíritu Santo que transforma la vida del creyente. Lo vemos en el relato de Pentecostés depositarse sobre los apóstoles como en llamas de fuego sobre sus cabezas. Así se derramó su Santo Espíritu y transformó a sus discípulos en hombres confirmados en la fe. Hombres valientes y decididos a ofrendar sus vida por el evangelio. A eso estamos llamados los que hemos aceptado el evangelio de Cristo en estos tiempos de crisis espiritual, en este nuestro mundo atormentado por tanto dolor humano y lleno de injusticia y pecado. Estamos alegres porque contamos con el amigo que nunca nos falla, Jesús. Que el Señor te ilumine y te bendiga.

Meditaciones, oraciones por Juan Pablo Segundo

“Les dejo la paz, Les doy mi paz; La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya entre ustedes ni angustia ni miedo. Juan 14:27.

Siempre he sentido una gran admiración por el Papa viajero, el que no sólo viajó por el mundo entero, sino que llevó consigo un mensaje de amor y paz que nadie puede olvidar. No puedo dejar de mencionar aquel encuentro con el papa en el 1981 cuando nos reunimos para el mensaje que dirigió a toda la Renovación Carismática del mundo y que le llegaría por los delegados que con él compartíamos. A partir de ese encuentro, unos meses después fui ingresado al Hospital de Veteranos y después de muchos estudios, análisis y una laminectomía, (operación de la espalda) me encontraron una Syringomielya y Ependimoma (tumor) en la columna vertebral que progresiva y lentamente me tiene en un sillón de ruedas.

Con gusto y alegría comparto esta oración con ustedes.

Oración del enfermo

Autor: Juan Pablo II

Tú conoces mi vida y sabes mi dolor,
Has visto mis ojos llorar,
Mi rostro entristecerse,
Mi cuerpo lleno de dolencias
Y mi alma traspasada por la angustia.
Lo mismo que te pasó a ti
Cuando, camino a la cruz,
Todos te abandonaron
Hazme comprender tus sufrimientos
Y con ellos el amor que Tú nos tienes
Y que yo también aprenda
Que uniendo mis dolores a Tus Dolores
Tienen un valor redentor
Por mis hermanos,
Ayúdame a sufrir con Amor,
Hasta con alegría.
Si no es “posible que pase de mi este cáliz”,
Te pido por todos los que sufren;
Por los enfermos como yo
Por los pobres, los abandonados,
Los desvalidos, los que no tienen
Cariño ni comprensión y se sienten solos,
Señor:
Sé también que el dolor lo permites Tú
Para mayor bien de los que te amamos.
Has que estas dolencias que me aquejan,
Me purifiquen, me hagan más humano,
Me transformen y me acerquen a Ti.
Amén.

Oración por la paz

¡NO A LA GUERRA!

ORACIÓN DE JUAN PABLO II, POR LA PAZ

Dios de infinita misericordia y bondad,
con corazón agradecido te invocamos hoy
en esta tierra que en otros tiempos recorrió san Pablo.
Proclamó a las naciones la verdad de que en Cristo
Dios reconcilió al mundo consigo (cf. 2 Co 5, 19).

Que tu voz resuene en el corazón
de todos los hombres y mujeres,
cuando los llames a seguir
el camino de reconciliación y paz,
y a ser misericordiosos como tú.

Señor, tú diriges palabras de paz a tu pueblo
y a todos los que se convierten a ti
de corazón (cf. Sal 85, 9).
Te pedimos por los pueblos de Oriente Próximo.
Ayúdales a derribar las barreras
de la hostilidad y de la división
y a construir juntos un mundo de justicia y solidaridad.

Señor, tú creas cielos nuevos
y una tierra nueva (cf. Is 65, 17).
Te encomendamos a los jóvenes de estas tierras.
En su corazón aspiran a un futuro más luminoso;
fortalece su decisión de ser hombres y mujeres de paz
y heraldos de una nueva esperanza para sus pueblos.

Padre, tú haces germinar
la justicia en la tierra (cf. Is 45, 8).
Te pedimos por las autoridades civiles de esta región,
para que se esfuercen por satisfacer
las justas aspiraciones de sus pueblos
y eduquen a los jóvenes en la justicia y en la paz.
Impúlsalos a trabajar generosamente por el bien común
y a respetar la dignidad inalienable de toda persona
y los derechos fundamentales que derivan
de la imagen y semejanza del Creador
impresa en todo ser humano.

Te pedimos de modo especial
por las autoridades de esta noble tierra de Siria.
Concédeles sabiduría, clarividencia y perseverancia;
no permitas que se desanimen en su ardua tarea
de construir la paz duradera,
que anhelan todos los pueblos.

Padre celestial,
en este lugar donde se produjo
la conversión del apóstol san Pablo,
te pedimos por todos los que creen
en el evangelio de Jesucristo.
Guía sus pasos en la verdad y en el amor.
Haz que sean uno,
como tú eres uno con el Hijo y el Espíritu Santo.
Que testimonien la paz
que supera todo conocimiento (cf. Flp 4, 7)
y la luz que triunfa sobre las tinieblas de la hostilidad,
del pecado y de la muerte.

Señor del cielo y de la tierra,
Creador de la única familia humana,
te pedimos por los seguidores de todas las religiones.
Que busquen tu voluntad
en la oración y en la pureza del corazón,
y te adoren y glorifiquen tu santo nombre.
Ayúdales a encontrar en ti
la fuerza para superar el miedo y la desconfianza,
para que crezca la amistad y vivan juntos en armonía.

Padre misericordioso,
que todos los creyentes
encuentren la valentía de perdonarse unos a otros,
a fin de que se curen las heridas del pasado
y no sean un pretexto
para nuevos sufrimientos en el presente.

Concédenos que esto se realice
sobre todo en Tierra Santa,
esta tierra que bendijiste
con tantos signos de tu Providencia
y donde te revelaste como Dios de amor.

A la Madre de Jesús,
la bienaventurada siempre Virgen María,
le encomendamos
a los hombres y a las mujeres
que viven en la tierra donde vivió Jesús.
Que, al seguir su ejemplo, escuchen la palabra de Dios
y tengan respeto y compasión por los demás,
especialmente por los que son diversos de ellos.
Que, con un solo corazón y una sola mente,
trabajen para que el mundo sea
una verdadera casa para todos sus pueblos.
¡Paz! ¡Paz! ¡Paz!
Amén.

Cheos 100 Años

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

El Semanario Católico de Puerto Rico “El Visitante” ha publicado la Carta Apostólica de los Obispos de Puerto Rico con motivo del centenario de la Congregación de San Juan Evangelista “Hermanos Cheos”, “Testimonio del Amor de Dios Misericordioso”.

En la introducción de su carta, los Señores Obispos, hacen mención de la importancia que tiene conocer el marco histórico, eclesial y social de los Hermanos Cheos. Nos recuerdan como la década de los años 1890-1900 se caracterizó por la inestabilidad política. Puerto Rico comenzó a ser gobernado por los Estados Unidos, país muy distinto al régimen español tanto por su idioma, costumbre e incluso religión. Nos presentan una realidad vivida por la Iglesia a consecuencia del cambio de soberanía.

Tomando como marco de referencia aquellas palabras de Yhavéh a Moisés desde la zarza ardiente: “Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo… y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores; pues ya conozco sus sufrimientos.. (Ex. 3-7) El Espíritu Santo comenzó a suscitar el carisma de la predicación en algunos lugares. De hecho los Hermanos Cheos surgen en diversos lugares, sin contacto de unos con otros y con unas características comunes en todos ellos. Para mí es interesante el hecho de que la joven Eudosia con apenas 16 años comenzó a predicar en Quebradillas el 15 de agosto de 1897. Lo que veo como providencial es que también yo recibí el llamado del Señor a los 16 años de edad y mi profesión, como Hno. Cheo, fue el día 15 de agosto de 1956.

Es interesante anotar que nuestra, Congregación de hombres laicos, se adelanta al Concilio Vaticano II cuando lleva la predicación del evangelio por todas partes. Luego viene el Concilio a dar ese empuje al laico y hacerle parte importante de la evangelización y otros ministerios. Esto lo reconocen los Señores Obispos cuando citan en su documento las palabras del Concilio. “El Cap. II de la Lumen Gentium describe esta personalidad y la categoría de su misión dentro del funcionamiento de la Iglesia y en el ámbito particularmente del testimonio y la santificación de las tareas seculares”. Basados en otro documento nos reafirman lo antes mencionado. “Los laicos pueden verse llamados a colaborar con sus Pastores en el servicio de la comunidad eclesial para su crecimiento y vitalidad, ejercitando muy diversos ministerios, según la gracia y los carismas que el Señor les otorgue”. (Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi) Los laicos, celosos de su misión evangelizadora, buscan la forma cada vez más apta para anunciar eficazmente el evangelio”. (Ev. Num. #73)

En mi carácter personal como Hermano Cheo, agradezco a los Señores Obispos de Puerto Rico, su carta Apostólica en nuestro centenario y el reconocimiento a lo que el Señor ha hecho en esta Congregación de laicos puertorriqueños. Nuestro agradecimiento de todo corazón.